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Tomás se ha hecho un corte leve en el dedo mientras revisaba
el motor de su Harley. A falta de la posibilidad de quemar gasolina en una
recta interminable con destino incierto, que es lo que le gustaría, se pasa el
tiempo libre revisando el motor, los frenos, la transmisión y cualquier
tontería que se le ocurra. Cuando termina el ciclo, vuelve a empezar. Puede que
su mula, como la llama, sea la última del mundo, pero también se ha propuesto
que sea la que mejor funcione. El taller de Johan está muy bien pertrechado
después de semanas de saqueo a los numerosos coches y motos abandonados que
adornan el barrio como una postal que da repelús.
Por mucho que se quiera convencer de que el corte solo
requiere de una tirita, la parte racional de Tomás le dice que debería
aplicarse un poco de yodo, y para eso tiene que ir a lo que fue el ambulatorio
de la Seguridad Social, actualmente el minihospital del barrio. Como siempre,
en la puerta hay un par de hombres de Emilio. Tomás los reconoce de haber
charlado más de una vez y compartido pitillos. Son buena gente a pesar de
empeñarse en tener aspecto de matón. A los pellejos no les impresiona la guerra
psicológica. Su presencia allí tiene más sentido habida cuenta de que el
ambilatorio es también el almacén de uno de los bienes más preciados del
barrio: los medicamentos y los botiquines. Cualquier cosa que sirva para curar
algo, desde un resfriado hasta un corte profundo y, ya puestos, un balazo, está
allí.