Cuando Emilio trata de tragar saliva, nota que su garganta es como un trozo de cartón polvoriento. Es peor que en su primer remplazo en Irak. Sostiene el subfusil con una destreza mecánica, sin apartar la vista de la puerta metálica roja que tiene ante sí, a escasos metros. No le hace falta mirar para saber que Carlo y Hosni están tan tensos como él, listos para saltar como resortes en cuanto esta se abra. Respira profundamente y mira a Mónica y Jesús, que flanquean la puerta, la mano puesta en el mecanismo de apertura. En la otra mano, Jesús lleva el revólver reglamentario de la empresa de seguridad. Mónica lleva dos cuchillos de cocina al cinto y un hacha de bombero a la espalda. Aunque solo se conocen desde hace unas horas, ahora todos son conscientes de que dependen los unos de los otros para salir de esa con vida.
—¿Listos? —susurra ella.
Emilio asiente mientras se pasa una lengua de trapo por los labios. El chirrido de la puerta parece rasgar el espacio y el tiempo, rompiendo el profundo silencio que reina en las entrañas del centro comercial. Al abrirse las puertas, se extiende una oscuridad casi absoluta, más allá de la cual aguardan la muerte y un tesoro. Es la una o el otro. No habrá medias tintas.

