El centro comercial va desperezándose como un mastodonte
hambriento mientras los tres permanecen inmóviles, casi temerosos de respirar,
al pie de la escalera. Saben que si se quedan allí están perdidos. Saben que no
tienen tiempo de deshacer la barricada. Saben que, aunque pudieran salir, ya ha
media docena de pellejos acercándose al acceso. Saben que la han cagado.
Emilio sacude la cabeza y echa por la borda al humano
atenazado para activar al legionario que vivió la guerra de Kósovo. Apoya la
culata del subfusil al hombro y adopta una posición mecánica. Da un paso al
frente mientras coloca el mecanismo de disparo en individual. No quiere
malgastar la munición.
—No podemos quedarnos aquí, hay que moverse —dice con una
voz que ya no es suya. Carlo y Hosni asienten imperceptiblemente y se sitúan
justo detrás de Emilio. Siempre a un brazo de alcanza, siempre en contacto,
siempre juntos, como lo han hablado tantas veces.
—Emilio… —comienza a decir Carlo cuando se ponen en marcha
hacia el ancho pasillo que se abre ante ellos.
—Luego —le ataja el otro—. Tenemos que encontrar un lugar
seguro.
Los comercios se abren a ambos lados del pasillo, en cuyo
centro se erige un solitario puesto de venta y reparación de móviles. Los vivos
se fijan en las entradas abiertas y los escaparates rotos. Los cierres echados
no les preocupan tanto, aunque algunos son claramente golpeados desde el
interior. Golpes monótonos, rítmicos, como de quienes tienen toda la muerte por
delante para insistir.
—Este pasillo es un puto cuello de botella. Como nos los
encontremos de frente no tendremos adonde ir —dice Emilio entre dientes—.
¡Vamos, vamos!
Los tres avanzan a buen paso mientras algunos pellejos
emergen de un par de comercios laterales, tratando de atrapar el aire entre
unos brazos resecos bajo la ropa arrugada. Un empleado de limpieza, una pareja
de ancianos, y personas anónimas de ambos sexos y a saber qué oficio o tren de
vida. Pero lo más perturbador son los niños convertidos en pequeños
depredadores de piel acartonada y pegada a la calavera, las fauces abiertas
desmesuradamente en una caricaturesca mueca de la infancia petrificada en las
lindes del infierno. Afortunadamente son demasiado lentos…, aún. Es como si les
costase despertar de un letargo, pero los vivos saben que cada minuto que pasa
es una probabilidad menos para ellos.
El pasillo se ensancha al frente. A un lado una tienda de
mascotas, al otro una librería. Hosni ve por el rabillo del ojo las mascotas
muertas en sus jaulas, pero no parece haber nadie allí. La librería tiene el
cierre echado a tres cuartos. Dentro hay pellejos y se abalanzan sobre el cierre,
colando brazos y lenguas corrompidas por las rendijas. Algunos deben de tener
las piernas rotas o destrozadas a mordiscos, porque se arrastran por el suelo y
van saliendo del establecimiento. Aún demasiado lentos, pero los vivos empiezan
a sentirse rodeados sin un rumbo al que dirigirse.
El recinto se abre en una suerte de plaza donde antaño hubo
un quiosco cafetería con mesas. En su día, alguien debió de apartar las mesas y
las sillas y convertir el quiosco en un centro de atención primaria. Aún queda
la tienda portátil y el instrumental del SAMUR desperdigado por el suelo.
Varias camillas plegables alineadas en el suelo, manchadas de sangre, de carne
podrida, de fluidos indeterminables, de sesos. Vacías. Sus inquilinos ya no
están.
—Deberíamos meternos en alguna parte —resuella Hosni.
—No sabemos lo que hay en los comercios y no hay luz. Sería
peor que la ratonera —razona Emilio.
Carlo asiente, agarrando con fuerza la defensa ante un
pellejo que se les empieza a acercar demasiado por detrás. El cierre de la
librería produce sonoros chirridos cada vez que la pequeña multitud de
bibliófilos revividos lo golpean. Si quedaba alguien por alertarse de su
presencia, ya estaba de sobras avisado.
—¡Allí! —dice Emilio, señalando con la barbilla las pasarelas
de subida a la segunda planta—. Tenemos que dejar este nivel. Puede que arriba
haya menos.
Reanudan el avance con resolución. Los pellejos son cada vez
más y se les acercan de varias direcciones. Emilio empieza a disparar a los más
cercanos en la cabeza. Tiros certeros, al cráneo. Caen a suelo como guiñoles
sin titiritero. Pero no dejan de acercarse. Se imaginan que en algún extremo
del recinto hay un boquete, o una puerta abierta, algo por lo que manadas
enteras se colaron en su momento para hibernar en silencio. Carlo se siente
culpable, Hosni impotente y Emilio cabreado.
El pasillo se bifurca a la altura de una tienda de moda. Los
maniquíes permanecen como los dejaron el último día: ropa joven, a la moda, una
foto fija de un pasado que se carcajea del presente. La avenida de comercios
sigue por izquierda y derecha. A la izquierda se pierde en pequeños recovecos
que dan a otro pasillo que cruza transversalmente a unos quince metros. De allí
viene la mayoría de pellejos. Por allí está la entrada principal. Por la
derecha empiezan a asomar cabezas andrajosas, rostros demacrados, expresiones
escalofriantes. De pronto es como un día normal en el centro comercial. Si te
abstraes del horror, de la certeza de que cada punto en movimiento es una
promesa de muerte con piernas, puedes llegar a creer que el mundo ha vuelto a
ser el de antes.
Pero ahora hay otro problema.
—¡No me lo puedo creer, joder, joder, la puta que los parió!
—escupe Emilio.
Las rampas de ascenso son una auténtica muralla
infranqueable. Alguien, en su momento, ha acumulado objetos suficientes para
impedir el paso. No solo eso: han soldado pinchos, placas de metal, barras…
Nada, vivo o muerto, subirá a la planta superior.
—¿Qué hacemos ahora? —se pregunta Hosni con una frialdad
admirable. Sostiene una de sus piedras con el pulgar, el índice y el anular.
Mira fijamente los rudimentos de quien fuera técnico del SAMUR y descarga la
piedra con tal furia que le parte el cráneo y lo arroja al suelo de espaldas.
El pellejo se sacude entre espasmos, pero poco a poco va cediendo a la muerte
definitiva mientras se forma un charco negro a su alrededor.
—Hay otra rampa el fondo del pasillo —indica Carlo con la
defensa telescópica. Señala el pasillo ancho de la derecha, una versión
ampliada del que acaban de dejar atrás. Muchos comercios, muchos obstáculos,
muchos pellejos. Cada vez más. Una ratonera.
Corren como posesos. Saben que la quietud es la perdición.
El subfusil habla cada vez más. Tap, tap, tap. Emilio mantiene el ratio de
eficacia, pero todos saben que irá a menos. Cada paso es una conquista y a
veces hacen falta dos disparos. Hosni saca el yugo y empieza a arrinconar
pellejos que les abordan por los flancos. Carlo los machaca con la defensa.
Nada que envidiar a Emilio. Ellos no lo saben, pero, vistos desde fuera, son un
comando de la muerte perfectamente engrasado, cegados ante su eficacia por la
adrenalina y el ansia de sobrevivir.
El pasillo se hace interminable, pero Emilio aprovecha un
segundo de respiro para observar la galería superior. Parece que allí no hay
movimiento, o puede que sea menor. Sabe, desea, anhela, que allí esté su
salvación. Ya habrá tiempo de pensar en quién ha montado las barricadas y, lo
más importante, si sigue allí.
En ese momento un pellejo aparece de la nada y se le agarra
al brazo derecho. Carlo y Hosni están lidiando con otros tres a golpes.
Gilipollas, se dice Emilio. Se ha descuidado. El engendro se aferra con una
fuerza increíble para un cadáver animado. Es como un insecto que obra con el
mecanicismo que le dicta el instinto. Agarrar, forcejear, reducir, morder,
tragar. Consigue acercar la boca a la manga reforzada de Emilio y aprieta los
dientes. Una saliva opaca impregna el tejido y el legionario nota la presión,
pero no atraviesa. Extrañamente, los dientes, aun aparentemente podridos, no
ceden de las encías, no se rompen. Una lección. Hay que vivir para asimilarla,
para transmitirla. Recuperado de la sorpresa, descarga un codazo en la sien de
la criatura y la aleja varios pasos. No cae. Se mantiene en equilibrio. El
tiempo justo para descerrajarle un tiro entre ceja y ceja.
Consiguen llegar milagrosamente al otro extremo del centro
comercial, donde estaba el mercado de abastos, que hoy es un pudridero de
género pasado y cadáveres amontonados. Allí está la otra rampa que lleva a la
parte superior, pero el alma se les cae a los pies cuando ven que una barricada
infranqueable impide el paso. Ganas de llorar, de reír histéricamente, de
castigar a alguien por las propias malas decisiones. No pueden creer que se hayan
metido en la boca del lobo tan fácilmente. Ahora, la certeza de una muerte
terrible pasa por sus cabezas.
Cambio de cargador.
El yugo no consigue mantener a raya a todos los que se
vienen encima. Puede que sean cincuenta, o más, y cada vez están más despiertos,
más ansiosos de carne viva. Arañan el aire, abren mucho los ojos y boquean como
peces sacados del agua. Por un fugaz segundo, Emilio sopesa reservar tres
balas. Es mejor acabar con sus compañeros y consigo mismo antes que morir a
dentelladas. Pero su instinto de supervivencia se resiste a rendirse. Aborda la
barricada por todos los ángulos posibles, imaginando una forma de salvarla,
escalarla, arrasarla. Nada.
Carlo empieza a sentir algo inédito: desesperación,
desconfianza, terror auténtico y la culpabilidad de haber conducido a sus
amigos a ese infierno. Sus músculos amenazan con paralizarse y rendirse a la
oleada que se les viene encima.
Hosni piensa en sus padres y se deja invadir por la
frustración. Pero todo lo traduce en una rabia racial que se remonta a sus
raíces más profundas. Aprieta la mandíbula y contrae los labios. Sus dientes
dicen que no morirá sin pelear. Lanza un grito inhumano y arremete contra el
primer grupo, yugo por delante. Empuja a los desprevenidos pellejos y algunos
de ellos caen al suelo. Sigue avanzando, pisoteando los cráneos de los que
quedan por debajo. Eso espolea a sus compañeros, que recuperan la serenidad y
la tensión, arrastradas por todo su torrente sanguíneo merced a la adrenalina.
Tap, tap, tap. Siguen cayendo. Carlo tiene la mano dormida de tanto golpear
cabezas y caras con la defensa telescópica.
Abandonado al frenesí del combate, Emilio ve algo por el
rabillo del ojo. Es una puerta de servicio de doble hoja que da a las entrañas
del complejo. Hace un momento estaba cerrada y su subconsciente ni siquiera se
detuvo a imaginar cómo podrían forzarla. Pero ahora está abierta y en el centro
hay una mujer con la melena recogida y un cóctel Molotov encendido en la mano.
—¡Aquí, idiotas! —les grita.
Los tres no se plantean nada. Solo ven una salvación que
antes era imposible. Ya habrá tiempo de hacer las presentaciones. Corren como
si no hubiese un mañana empujando cadáveres andantes y zafándose de sus dedos
huesudos. Emilio la emprende a culatazos para ahorrar munición. Pasan corriendo
junto a su anónima salvadora, quien se aparta ligeramente para no entorpecer y
luego vuelve a ocupar su lugar como un coloso a la entrada de un puerto. Aguarda
fríamente a que la masa apestosa se acerque a la puerta de seguridad. Cuando
tiene a los primeros pellejos delante, arroja la botella incendiaria con fuerza
a sus pies y el fuego enseguida se propaga por ellos, extendiéndose a los que
vienen por detrás empujando. Aullidos de ultratumba, chasquidos de carne asada
y olores que invitan a la náusea quedan detrás de la densa puerta de seguridad
cuando esta se cierra tras la mujer.
Clac.
Salvados.
—Joder, más vale que esto haya valido la pena —dice ella con
cara de pocos amigos.
Me ha gustado pero se me ha hecho corto, aunque yo por mi te tenía atado al teclado escribiendo así que no me lo tengas en cuenta. XD
ResponderEliminarA ver qué sucede ahora con el trío calavera. :P
XD XD XD ME lo tomo como un gran cumplido, jodío. Lo de la extensión siempre anda ahí. Pregunté en su momento en una encuesta y la mayoría de la gente prefería algo intermedio tirando a corto, por eso de leer en las pausas del curro, en el móvil, etc. Intentaré suplir la brevedad con más asiduidad, ¡pero no puedo prometer nada! :D
EliminarGracias por los comentarios ;)
Esta quedando genial
ResponderEliminarGracias, Papa Foxtrot ;)
EliminarMuy chulo. Curioso que los pellejos se vean afectados por el fuego. Vuelven los zombies de Romero, y dejas a un lado la tendencia posterior de convertir a un zombie ardiendo en algo peor que un zombie sin arder. :-D
ResponderEliminarMe alegro que te guste :). Pero no te confíes, que ya me inventaré alguna maldad para suplir lo del fuego XD
EliminarMe ha gustado, muy bien llevada la tensión de los tres protagonistas.
ResponderEliminarEspecialmente me ha gustado el detalle de que se vean los pensamientos de los 3 en el mismo capítulo ya que está muy de moda hoy en día lo de "un capítulo = un punto de vista"
Lo mismo si que deberíamos plantearnos encadenarte al teclado :P
Sip, los recursos narrativos son novedosos hasta que dejan de serlo XD
EliminarMuchas gracias por los elogios :) Yo también me estoy planteando seriamente atarme a un teclado. A veces creo que es la mejor forma de escribir continuadamente :p