viernes, 7 de noviembre de 2014

1x10: Nicolás


Rubio sueña con un chupachups mientras Óscar dormita delante de la radio emisora, recorriendo perezosamente por las frecuencias. Hace un rato ya que no escucha con demasiada atención. En el fondo sabe que la probabilidad de dar con una señal es nimia y se pregunta por qué perder el tiempo y arriesgarse a pillar un resfriado con la escasez de antibióticos que hay.

Rubio, sin embargo, es ajeno a todo eso. Aunque en su interior hay un superviviente nato, aún ve la vida como un juego, o quizá es su forma de defenderse de la gélida realidad que a todos envuelve. Carlo nunca le ha recriminado eso porque cree que, en el fondo, es lo que le ha mantenido vivo. Y porque nunca ha querido ser su padre. Aburrido, el muchacho se dirige hacia el borde de la azotea y se encarama al parapeto para recorrerlo de parte a parte haciendo el equilibrio. Cuando Óscar se da cuenta, abre los ojos desmesuradamente y su cuerpo hace el ademán de levantarse.


―¡Eh, eh! Pero ¿qué haces? Te vas a caer ―dice, esforzándose para no gritar, no sea que sobresalte a rubio y acabe precipitándose seis pisos abajo.

―Me aburro ―musita Rubio, intentándolo ahora a la pata coja.

―No jodas, tío, que es peligroso ―insiste Óscar sin darse cuenta de que ha vuelto a plantar el trasero en la silla, puede que reconfortado por la inusual seguridad de su joven compañero.

―Algún día ―declara Rubio con cierta solemnidad, no sin algún esfuerzo al corretear de un extremo al otro del parapeto― lo haré tan bien como Carlo. Ya verás. Él se sube a todo, no tiene miedo. Yo tampoco.

Óscar no insiste. Sabe muy bien lo que fastidia que le digan lo que tiene y no tiene que hacer. Su madre siempre fue muy permisiva con él, pero su padre y su hermano mayor, por no hablar de sus compañeros del colegio, eran harina de otro costal. No puede evitar sentir una punzada de nostalgia al recordar que no volverá a verlos.

―Pasas mucho tiempo con él, ¿eh?
Rubio se detiene en seco, de espaldas al vacío. Tras él se recortan las torres de la Ciudad Deportiva, imponentes y ruinosas.

―¿Te parece mal?

―No, no me malinterpretes ―se defiende Óscar alzando las manos en gesto de paz―. Solo digo que comprendo que hagas lo mismo que él, pero ten cuidado. No eres él.
Rubio se queda quieto. Es como si él también hubiese sentido la picazón de la nostalgia. Pero en su ostro hay una acentuada sombra de pena. Óscar comprende enseguida que quizá ha metido la pata.

―Lo siento, no quería…

―Tranqui. ―El chaval se acuclilla como si fuese una gárgola y, con un ágil movimiento, se sienta en el parapeto de la azotea. Sus Converse no llegan al suelo y se dedica a golpear la piedra con los talones rítmicamente―. Carlo es guay. Me salvó cuando mis padres querían matarme a mordiscos. ―Lo dice con la misma naturalidad que se dedica a torear a los pellejos para despejar el camino a los mayores.

Óscar traga saliva. Eso no lo sabía. De hecho, no sabe nada de casi nadie del barrio. Nunca le ha interesado. Para él, todos son como espejismos de personas sin historia a sus espaldas. Son lo que son, sin pasado. Así es más fácil las ausencias repentinas, algo muy habitual estos días. La muerte es más asequible desde el anonimato y el desapego. O eso cree él.

No quiere animar a Rubio a seguir, pero su mirada lo delata. El chaval ha conseguido engancharlo. 

―¿Tus… padres?

―Sí ―dice Rubio encogiéndose de hombros―. Estábamos en nuestro coche, parados en el atascazo de la carretera de ahí abajo. Queríamos ir a casa de mis primos, que están en Majadahonda. Decían que en el chalet del campo todo estaría más tranquilo. Mis primos no me caen demasiado bien, pero tienen… tenían una Wii. Algo es algo. ―Se encoge de hombros, mirando directamente al suelo de la azotea.

«La Wii es una mierda», piensa Óscar, que siempre ha sido más de ordenador, pero no se atreve a verbalizar sus pensamientos. Le parece una apreciación improcedente dado el tono que está adoptando la conversación. Se limita a escuchar a Rubio, que tiene los ojos clavados en el suelo desgastado de la azotea.

***

Por aquel entonces, Rubio no lo sabía, pero a sus padres les habían mordido. Quizá fuese un forcejeo con algún vecino infectado mientras estaba en el colegio, o quizá en el trabajo, pero el caso era que su padre tenía el antebrazo vendado. A su madre había sido atacada incluso antes que él y se había pasado el trayecto semiinconsciente, presa de una fiebre que la hacía tiritar. Su padre ya empezaba a sudar y a jadear; cada kilómetro que avanzaban la preocupación de Rubio iba en aumento. Todo iba demasiado deprisa. No paraba de oír de boca de su padre que todo iba a ir bien, que se curarían las heridas en cuanto llegasen a casa de los primos. Pero se habían quedado atrapados en el atasco, irónicamente frente al hospital más importante de Madrid: La Paz. Rubio escrutaba por la ventanilla mientras su padre maldecía entre dientes y exhortaba a su mujer que aguantase. Ojalá pudieran salir del coche y correr hacia el hospital, pensaba Rubio. Lo tenían al alcance de la mano. Se podrían curar y volver a casa. No quería jugar a la Wii.

Pero el crío supo enseguida que algo iba mal. En los estrechos accesos del hospital, las ambulancias se bloqueaban las unas a las otras, los coches inundaban los acminos y la gente se agolpaba para entrar, o quizá para salir de allí, no estaba seguro. Varios helicópteros no dejaban de revolotear por la zona y un clamoroso grito sacó a Rubio de sus dudas. La gente agolpada en el recinto hospitalario, visible al otro lado de la autovía, corría como un banco de peces espantados, pero sin la armonios coordinación de aquellos seres marinos. Al contrario: era todo torpeza, apresuramiento y pánico caótico y descontrolado. Hombres, mujeres y niños corrían en todas direcciones, sin orden ni concierto. Los ancianos y los inválidos quedaban atrás. Eran aplastados por la multitud o caían los primeros en las garras de los pellejos. Salían de las puertas y las ventanas del hospital como insectos de un nido al que alguien hubiera prendido fuego. Rubio se pegó al cristal para ver mejor, resoplando de tal manera que una nube de vaho intermitente ocultaba la espantosa escena.

Los pellejos corrían más cuando apenas pasaban horas de su transformación y se lanzaban contra los vivos con una furia inconcebible, acomodado el sentir colectivo en un modo de vida civilizado que había ahuyentado los instintos depredadores más primarios. Los que no corrían porque aún intentaban hacer una idea de lo que estaba pasando perecían enseguida, hundidos bajo montañas de muertos reanimados y hambrientos.

El padre de Rubio maldijo y golpeó el volante con las palmas de las manos. Sentía mareos, náuseas, dolor en las articulaciones y, por si fuera poco el infierno en el que se estaba convirtiendo el mundo, su mujer no daba señales de vida. Su pecho había dejado de bombear, a saber desde hacía cuando, pero la febril irracionalidad de su marido le hacía aferrarse a la esperanza. El atasco se disolvería y enfilarían la salida de Madrid. Todo iría bien.
Rubio seguía observando el macabro espectáculo del hospital. La gente saltaba las vallas que rodeaban el perímetro, sorteaban los coches y las ambulancias y se lanzaban a la autovía rodando por una explanada muy empinada. Algunos chocaban contra los arbustos y quedaban atrapados, otros rodaban hasta los coches y, a falta de ser atropellados, se golpeaban contra los vehículos, rompiéndose los huesos o muriendo directamente.

Los pellejos perseguían a sus presas con miradas frenéticas, ajenas a toda razón más que la de agredir al ser vivo más cercano. Unos iban vestidos con camisones de hospital, otros con batas de médico o chaquetillas de auxiliar. Había unos pocos con mono del SAMUR, pero lo que más llamaban la atención de Rubio eran los que iban desnudos, aparentemente salidos del depósito de cadáveres, pálidos y amoratados. Algunos de ellos presentaban indicios claros de haberse despertado en medio de una autopsia y otros salían directamente del quirófano, gotero incluido. Los gritos de terror se mezclaban con el sonido de los cláxones y el rumor de los helicópteros por encima de sus cabezas. Desde ahí arriba aquello debía parecer un documental de insectos del National Geographic.

Rubio no se había dado cuenta de que su padre se había desmayado. El  coche seguía en marcha cuando presas y predadores pasaron por encima de capó y techo como un torrente humano. Rubio estaba bloqueado, asustado, ante el asesinato en masa que se estaba produciendo a su alrededor. Llamó varias veces a sus padres con voz acongojada, temeroso de moverse por si alguien lo veía y decidía comérselo vivo.

Empezaron a escucharse disparos en la lejanía, puede que agentes de policía intentando contener esa marea imposible, o el ejército desplegado, como en las películas. A esto se sumaron ruidos de choques, golpes resonantes que llegaban en oleadas reverberadas por doquier y, poco a poco, la norma fue el barullo, el caos y la muerte.

Rubio se escondió en el hueco de los asientos, justo detrás de su padre, descartada la posibilidad de salir del coche. No quería abandonar a sus padres y, aunque hubiese optado por esa posibilidad, el vehículo era de tres puertas. Estaba atrapado.
―¿Mamá? ¿Papá? Despertad, despertad ―decía el pobre niño con un nudo en la voz―. Vámonos, por favor…

Así se pasó Rubio las horas, hecho un ovillo en el hueco trasero del coche, mientras el mundo se iba calmando a su alrededor y el suave rumor el motor al ralentí se mantenía imperturbable. Jamás sabría cuánto tiempo pasó; solo que el sol empezó a flaquear en el cielo y que fuera el griterío de pánico inicial había dado lugar a pequeños conatos de aullidos de miedo y dolor. Si se esforzaba, podía oír voces cercanas agonizando, respirando con dificultad e incluso pidiendo auxilio. Los pellejos devoraban deprisa, pero pronto se cansaban de la presa y saltaban en busca de una más fresca. Esto dejaba muchos heridos a su paso que, como sus padres, agonizaban antes de quedarse dormidos y despertar después transformados en otra cosa.
En un momento dado, la madre del muchacho empezó a sacudirse en espasmos antes de abrir unos ojos ambarinos que veían el mundo por primera vez. Ya no era su madre. Era otra cosa que usaba el cuerpo de su madre.

Cuando los espasmos cesaron, irguió la cabeza y miró a izquierda y derecha como si evaluara la situación. Sus articulaciones crujían levemente y los movimientos de su cabeza no eran del todo fluidos, sino espasmódicos, como los de un ave. Olisqueó el aire y clavó la vista en el hombre inconsciente a su lado. Lo husmeó abriendo ligeramente la boca, chasqueando con la garganta. La saliva, o lo que fuese, se le derramaba por la comisura de los labios morados y agrietados. No, eso no era lo que buscaba. Entonces miró hacia atrás y luego abajo, como si de repente hubiese reparado en lo que lanzaba señales a su cerebro más primitivo.

Lo que vio no fue a un hijo, sino a su primer bocado. Abrió la boca ostensiblemente, mostrando una lengua ennegrecida y unos dientes que sobresalían más de la cuenta de las encías. La mujer que lo había abrazado y besado con un profundo amor desde que tenía uso de razón se había transformado en un monstruo que anhelaba hundir los dientes en su carne. Forcejeó consigo misma y con el cinturón de seguridad, agitó los brazos y lanzó siseos al aire viciado del coche, pero aún era demasiado torpe. Era como un recién nacido que no coordinaba sus movimientos.

Rubio apretó la espalda contra la el hueco del coche, llorando y pataleando para que esa cosa no lo agarrase. La angustia estaba poniendo a prueba su corazón cuando  los espasmos se cebaron con su padre. El muchacho sabía que no había manera de salir de allí, que estaba atrapado en esa lata con dos cosas que lo querían devorar sin compasión y que solo su torpeza y los cinturones de seguridad lo mantenían vivo. De alguna manera había asumido que sus padres no estaban y ahora solo quería vivir, salir de allí corriendo, alejarse de todo. Ya habría tiempo para llorar.

Algo en el cuerpo de su padre acabó por cobrar conciencia, si es que podía decirse tal cosa, y, mientras su madre aún forcejeaba por alcanzarlo (a punto estuvo de agarrarle por el tobillo una vez), sacudió la cabeza de un lado a otro, como recién despertado de un largo coma, buscando ubicarse. Vio al engendro que tenía a su lado y, sin perder tiempo, dirigió la mirada al foco de su atención. En su mirada no había cabida para el recuerdo o la compasión hacia lo que ya no era un hijo, ni siquiera un niño, sino la viva materialización de todos sus anhelos más atávicos.

Ambos seres gruñían y arañaban el aire intentando atrapar al pobre Rubio, pero por fortuna su padre lo tenía más complicado al hallarse él justo detrás. Rubio no podía encogerse más. Barajó todas las posibilidades, incluida la de romper la ventanilla a patadas, pero eso no serviría. Era demasiado pequeño y aunque se estirase, el pellejo de su madre lo atraparía y tiraría de él hacia sí. Solo quedaba sollozar y cerrar los ojos con mucha fuerza.

Afortunadamente no se tapó los oídos, porque si no, no habría oído la voz proveniente del otro lado de la luna trasera. Era un tipo delgado, atlético, de pelo claro y mandíbulas marcadas. Pero lo que le llamó la atención fue su acento. Era raro.

―Eh, chaval, mira para el otro lado, por placer… ―dijo el extraño. Acto seguido, enarboló una tubería rota que presentaba una mancha roja húmeda y motas blancas y la descargó con todas sus fuerzas sobre la luna. Repitió el proceso varias veces, hasta dejar un orificio lo suficientemente amplio como para que el chico pudiera pasar.  El estruendo alteró más si cabe a los pellejos, que se movían ferozmente en los asientos, tanto que Rubio temió que fueran a desencajarlos de sus soportes.

―Dame la mano, chaval ―dijo el extraño, introduciendo un brazo por el boquete.
Rubio no se lo pensó. En su interior despertó algo que quizá siempre estuviera ahí, algo que no estaba programado en sus genes para manifestarse hasta la edad adulta. Rubio no lo sabía, pero era un pionero en una era nueva, una era en la que hay que nacer un poco adulto para ver amanecer otro día.

El extraño lo sacó con todo el cuidado posible para que no se cortase al pasar por el agujero. Aun así, pequeñas esquirlas de cristal se le colaron por toda la ropa y se hico algunos cortes en la nuca y el cuello, pero la adrenalina solo arrastraba un decidido deseo de vivir por sus venas. Una vez fuera, los gruñidos de sus padres sonaron como amordazados mientras el vehículo se zarandeaba como poseído por un demonio.

―Yo soy Carlo ―dijo el extraño, montándolo consigo en una bicicleta de montaña―. Sostén esto, por favor ―añadió, entregándole la tubería rota. Pesaba mucho―. No la tires, que hay muchas cosas de estas por aquí. Madonna.

Rubio sentía que las palabras se le resistían. Tenía ganas de cerrar los ojos y dejarse llevar, sumido en una mezcla de alivio y angustia. Se aferró al manillar sin saber muy bien cómo y Carlo echó a pedalear con todas sus fuerzas. Zigzaguearon por entre los coches hacia un montón de edificios que se elevaban más allá de la explanada opuesta al hospital. El barrio les aguardaba.

―¿Cómo te llamas, chaval? ―dijo su salvador, sacándolo del exilio en el que se estaba sumiendo.

―Nicolás ―respondió el chico, incapaz de ver más allá de sus narices, los ojos inundados de lágrimas.

***

Rubio pronuncia la última palabra de su relato mientras se acaricia las finas cicatrices que aún tiene en el cuello. Nn la azotea ha caído un pesado telón de silencio. El muchacho sigue sentado en el borde, la mirada perdida en la autovía que se estira frente a ellos como una serpiente de desperdicios y coches abandonados. Sus ojos están impregnados de pena, pero consigue contener las lágrimas. Solo él sabe que está mirando un coche muy concreto, perdido entre todos los demás, el mismo en el que viajaba un día de hace ya un eón cuando su amigo Carlo lo rescató de una muerte segura. Nunca se ha atrevido a comprobarlo, pero imagina que sus padres aún siguen allí atrapados, quién sabe si agitados por el hambre o aletargados, como muchos de los pellejos con los que se ha topado en todo este tiempo.

―Vaya… Lo siento ―tartamudea Óscar agachando la mirada. Su rostro se ha enrojecido.
Rubio suspira.

―No pasa nada ―dice―. Son cosas que pasan…

«¿Cosas que pasan?», piensa Óscar. «¡No me jodas!»
El silencio vuelve a sobrevolar sus cabezas cuando un chirrido de la radio los despierta. Rubio salta del parapeto como un resorte y corre junto a Óscar, que se traba un poco con los diales del receptor, presa de los nervios y el sobresalto. Se oye por el altavoz una especie de sombra que impregna el ruido blanco de fondo. A veces parece una voz, a veces una interferencia.

―¿Hola? ¿Hola? ¿Me recibe? ―chilla Óscar, como si eso fuese a aclarar la señal―. Emitimos desde Madrid, ¿hay alguien? Cambio.

El ruido traslada un galimatías, pero ambos creen escuchar una voz ajetreada, o quizá tensa. Está teñida con un toque de cansancio. No saben si habla sola o con otro interlocutor, pero parece que no oye a Óscar.

―No entiendo nada, parece que habla raro ―dice Rubio.

Siguen escuchando atentamente. A veces surge la tentación de pensar que no es una voz, sino dos. ¿Una conversación? Imposible saberlo a ciencia cierta, la señal es muy débil.

―¡Parece francés! ―responde Óscar, emocionado. Por un momento se enorgullece de que su afición por los juegos de rol extranjeros le haya impelido a aprender varios idiomas que entiende mejor que chapurrea.

―La virgen… ― Rubio repite la muletilla de su amigo ausente―. ¿Aviso a alguien? ¿Qué hacemos? 
―El muchacho está nervioso, dando saltitos en el sitio, apoyado en la vieja mesa de madera. Se siente como lo hacía el momento previo de abrir los regalos de Navidad.

―Eh, ¡no sé! ―Óscar se lo piensa―. Bueno, vale, ve a avisar a alguien, a quien sea. Yo intento establecer contacto mientras. ¡Corre!

Rubio vuelve a ser él mismo: un nervio con patas con una misión que le acerca un pasito más a salvar el mundo. No tarda en desaparecer escaleras abajo mientras Óscar llama desesperadamente a través del micrófono, consciente de una vocecilla interior que se pregunta si no estará cometiendo una terrible imprudencia.

6 comentarios:

  1. El pequeño Nicolás... ¿lo has hecho a posta? XD
    El relato está bien, mantiene tensión y profundiza en el pasado de un personaje, además de dar más pie a la relación entre los dos chavales. He visto algún error ortográfico (un Nn en vez En y alguno mas) y me ha parecido buen recurso el utilizar dos tiempos verbales diferentes para diferenciar el relato del relato dentro del relato. Interesante.

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    1. La inspiración se nutre de la actualidad, sin duda ;) Gracias por las anotaciones. Le echaré un vistazo para pulirlo. Un abrazo.

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  2. De los que más me han gustado. Y el rubio se merecía este capítulo desde el principio. Muchas gracias por compartirlo.

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    1. Me alegro, tío. La verdad es que Rubio crece solito. A ver adónde me lleva ;)

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  3. Tenía este relato perdido en la inmensidad de pocket y hoy por fin ha vuelto a la superficie y he podido leerlo.

    Me ha gustado mucho, el relato de Rubio mola mucho y me gusta eso de saber más sobre el pasado e los personajes y como se fueron reuniendo.

    Quiero más así que a escribir :)

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    1. Hombre, Isaías, qué alegría verte por aquí. Celebro que te haya gustado. No estoy en mi mejor momento creativo, y el cambio de vida que llevo en estos meses no me deja demasiado tiempo para la introspección. Pero sí que tengo intención de ir salteando la historia con los relatos de algunos de los personajes más importantes de VIVOS, siempre en pasado, para diferenciarlo del hilo principal. Intentaré seguir escribiendo, que no creas que no lo echo de menos :)

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