miércoles, 5 de febrero de 2014

1x03: Dilemas al anochecer


(2.364 palabras)

El economato. Los estantes de lo que antaño fuera el supermercado de una conocida franquicia contienen el tesoro más valioso del barrio. Todo está meticulosamente organizado: alimentos perecederos, envases y latas, ropa y calzado, herramientas, medicamentos, botiquines, combustible, agua potable embotellada, productos de limpieza, todo pormenorizadamente catalogado y supervisado por la única persona capaz de mantener la cabeza lo suficientemente fría entre tantas tentaciones. Todo dispuesto a lo largo de los pasillos inmersos en la penumbra salpicada por las ocasionales velas. 

Rosa se apoya contra un congelador que ahora sirve como cofre gigantesco para las chaquetas de invierno. Sostiene entre las manos una taza de té humeante, indulgencia que se permite de vez en cuando. La teína es de los pocos vicios que conserva de sus días de bibliotecaria de vieja escuela; eso y su enorme capacidad organizativa y la autoridad natural que mana de las personas que se han pasado media vida entre libros y estudiosos. Contempla la mesa de trabajo por encima de la montura metálica de sus gafas. Frente a ella, apoyado en uno de los estantes de herramientas, está Emilio, los brazos cruzados. Viste con su perenne mono azul sobre el que luce un chaleco de cazador con los bolsillos repletos. Se ha dejado la escopeta en la entrada. En el economato nadie entra armado. Él también fija la vista en la mesa. Junto a las chocolatinas industriales que estaba contando Rosa antes de colocarlas en su correspondiente lugar, hay un pequeño galimatías negro salpicado de interruptores, botones y diales.

—¿Y qué coño quieren que hagamos con una emisora de radioaficionado? —pregunta Emilio con un gruñido, refiriéndose a la genial idea de Marco y Hosni de traerse una reliquia de la civilización—. Me jode que pierdan el tiempo con estas idioteces. Podrían haber aprovechado el espacio para traer más cosas útiles de verdad.

Rosa no despega la mirada de la pequeña caja negra. Los recolectores se la han traído con antena y micrófono y todo.

—No seas cazurro —le reprende como si fuese su abuela. En realidad es como la abuela de todos—. Carlo cargó con ello. La carretilla iba bastante llena. Nos han hecho ganar varios días al hambre y al frío. —Hace una pausa—. Recuerdo que en la torres de Aránzazu había gente aficionada a estas cosas. Son altas y las antenas recibían allí mejor que en ninguna parte.

—Pues qué bien…

—A saber por qué guardaba una anciana esto —musita Rosa—. Aunque creo que la entiendo. Cuanto más viejos nos hacemos, más proclives somos a guardar los trastos de nuestros hijos o nietos.

Emilio refunfuña.

—Por cierto —dice Rosa, alzando la mirada por primera vez en varios minutos—, me han comentado que la carreta es para ir con sigilo, pero mala si quieres correr con ella. Es inestable. Johan, dile a alguno de tus chicos que le apañe unas ruedas laterales, o algo.

—Sí, para ponerle ruedas a una carreta estamos… —empieza a decir Emilio, cuyo malhumor viene de serie.

—Claro, hombre —interrumpe una voz monótona desde las sombras. Su acento es eslavo, se llama Johan, pero casi todos en el barrio lo llaman Juan o Juanito, de toda la vida—. Lo complicado será encontrar más ruedas. Ya sabes, tamaño y eso. Y habrá que soldarlas bien. No queremos que hagan más ruido que un carro de compras. Andamos justos de material, la gente está cansada de echarle horas y tenemos hambre… Sí, puede hacerse.

—A todas las carretas —matiza Rosa sin dejar de mirar a Emilio. Ambos se quedan observándose por un instante.

El responsable de la seguridad del barrio va a decir algo, pero se reprime. Sabe que en materia de recolección, Rosa tiene la voz cantante. No le gusta que se metan en su terreno, así que procura no meterse en el de los demás. De momento.

—Volviendo al tema —dice Emilio, señalando el aparato con un dedo desdeñoso—, no sé qué coño quieren que hagamos con este chisme. A efectos de nuestra maravillosa existencia, es como si les lloviese una Visa Oro a una tribu de cavernícolas

Rosa sorbe de la taza, que acuna entre sus manos para conservar el calor el mayor tiempo posible.

—Pues lo que se hace con una emisora: llamar.

Emilio arquea las cejas. Lo que acaba de oír es tan elemental a pesar de las circunstancias que por un instante cree haber sido objeto de una broma.

—Vale —asiente con cierta exageración—, muy bien. Mira que no lo había pensado, oye. La enchufamos y ya está. Juanito puede encargarse, ¿verdad Juanito? La hostia puta…

—Ese lenguaje, Emilio —chaquea Rosa su lengua.

Johan ríe entre dientes. Sabe que Rosa y Emilio son dos pilares fundamentales del barrio y se merecen poder comportarse como críos de vez en cuando. Chocan a menudo, pero eso demuestra que el corazón del barrio sigue vivo. Eso desestresa. Pero Rosa tuerce un poco el labio. Es la única pista de que está perdiendo la paciencia ante tanta reticencia.

—Estoy segura de que Johan podrá hacer alguno de sus milagros con eso, pero se trata de dar esperanzas al barrio —dice la bibliotecaria, marcando especialmente la palabra «esperanzas»—. Llevamos ya más tiempo del que recuerdan mis canas sobreviviendo día a día, sin un aliciente más allá del siguiente bocado o el siguiente amanecer. La gente necesita un poco de horizonte, un poco de medio plazo en esta vida que nos toca. Muchos siguen confiando en que sus familias aún viven en alguna parte. Es nuestra única ventana al mundo.

Emilio sopesa lo dicho mientras Johan se centra en la emisora. Su mente ya está trazando mil planes para generar la energía suficiente para alimentar ese chisme.

—Bien —concede, colgándose las manos del cuello del chaleco—. ¿Y si no funciona? ¿No crees que es peor una esperanza insatisfecha que la feliz ignorancia que nos asiste ahora mismo?

—¿Qué quieres decir? —Ha conseguido suscitar la curiosidad de Rosa. Traga más té y se le oye deglutir en toda la sala.

Emilio se adelanta y pasa la mano sobre la superficie metálica de la emisora.

—Antes del fin del mundo, incluso antes de dedicarme a las chapuzas como albañil, yo era legionario, lo sabes. He visto países que eran como esto antes de que se desatara la plaga, sitios donde impera la ley del más fuerte, donde escasean las cosas más básicas y unos quieren lo que tienen los otros a cualquier precio. —Clava la mirada en Rosa y marca cada palabra presionando con un dedo sobre la emisora—. En circunstancias así, la vida no vale un pimiento; no se cotiza más que una lata de carne mohosa, y menos cuando todo está lleno de pellejos con hambre de tus intestinos. Hasta ahora nos ha ido razonablemente bien en nuestro pequeño oasis, a costa de no bajar la guardia y dormir con un ojo abierto, de acuerdo. Te puedo asegurar que como empecemos a clamar a los vientos que estamos aquí, tarde o temprano vendrá alguien que quiera quedarse con esto, o peor: arrasarlo, saquearlo y seguir su camino. Dormiremos con los dos ojos abiertos, en vez de uno, y mi gente tiene un límite.

—Todos lo tenemos —dice Rosa antes de meditar por un momento—. Bien. Estamos de acuerdo en una cosa: hasta ahora nos ha ido razonablemente bien. Hemos conseguido un milagro difícilmente repetible: construir un refugio viable en la periferia de una capital, una de las más pobladas de Europa. Cualquiera en su sano juicio hubiese huido al campo, pero nosotros nos quedamos y reaccionamos desde el primer minuto. ¿Y por qué? —Se acerca a la mesa y deposita la taza junto a la pila de chocolatinas—. Porque este barrio tiene un pasado, un acervo que nos ha ayudado en los momentos malos y los peores: somos obreros que nos hemos sabido organizar y coordinar siempre, implicándonos todos en los asuntos de todos. Parte de ese acervo pasa por dar más cuando menos se tiene y recibir menos cuando más se necesita, y eso incluye buscar supervivientes, ayudarlos y ayudarnos a nosotros mismos. Los dos sabemos que esta situación no podrá durar para siempre… No podemos permanecer encerrados indefinidamente. Tarde o temprano tendremos que abrirnos al mundo, con todos los riesgos, y recompensas, que ello conlleve.

Emilio sabe tan bien como Rosa que cada vez será más difícil recolectar bienes y alimentos sin alejarse cada vez más del barrio. Eso implicará realizar expediciones a barrios limítrofes, adentrarse en polígonos comerciales y tantear terrenos hasta el momento desconocidos. Trata de convencerse de que una emisora puede ser un arma de dos filos, confiando en que el que les es favorable caiga antes que el otro. Una oportunidad para encontrar aliados o explorar el mundo más alejado sin tener que salir de casa. Sabe muy bien que la información es tan valiosa como un trozo de carne. Asiente lentamente, pero no bajará la guardia.

Desvía la mirada hacia Juan, que sigue absorto en el aparato, y luego vuelve con Rosa. Da media vuelta y enfila el pasillo que da a la salida. Chasquea los dedos y Neo, su fiel pastor alemán, se levanta del rincón que había ocupado en la penumbra para seguirlo hasta el frío exterior.

***

 Fuera está anocheciendo. En el cobertizo donde antes se guardaban los carros de la compra hay ahora un depósito de armas vigilado las veinticuatro horas del día por los hombres de Emilio. Allí recupera su escopeta de caza. Allí también le aguarda Clara, su hija. Ella es otra de las mensajeras del barrio, y como tal viste un chándal de Hello Kitty que le empieza a ir pequeño y desentona con la fuerza de su mirada. Dieciséis años recién cumplidos, pero la infancia ha quedado muy atrás. En otro mundo, Clara hubiera sido la reina del baile, la gran pretendida, una mujercita hermosa y delicada. Pero Clara es una de las supervivientes más duras del barrio. Es hija de su padre.

—¿Todo bien papá?

—Sí, bueno… —se encoge de hombros Emilio, cruzándose la escopeta a la espalda—. Un día más en el paraíso.

Clara lleva una mochila con lo básico, incluida una barra metálica que maneja con una soltura sorprendente. Antes llevaba el pelo recogido en una coleta, pero cuando el agua es un bien que escasea, no te puedes permitir cuidarlo como es debido. Ahora lo lleva como un chico, pero eso no desdice su natural belleza morena.

Ambos se disponen a emprender la ronda del anochecer antes de retirarse a su refugio, pero se detienen en seco a la vista de Rubén, que viene corriendo a toda prisa, calle arriba, desde la barricada oeste. Cuando un mensajero viene corriendo, todo el mundo se tensa. Es como una llamada telefónica en plena madrugada, una llamada inesperada a la puerta; heraldo de malas noticias. El hombre que vigila el depósito de armas se echa la mano al bate de béisbol que cuelga de su cinto como una espada.

—¡Emilio...! ¡Emilio! —resuella Rubén, un crío de diez años que corre como el viento, al llegar a su altura—. Dice Tomás que vayas a la azotea del metro. Dice que corras.

—¿Peligro? —le inquiere Emilio, como si hablase con otro adulto.

—No, no. Pero dice que tienes que ver algo.

Emilio hace un gesto a su hija, que sale corriendo hacia la azotea para dar acuse de recibo. Palmea cariñosamente la cara de Rubén, que se queda para recuperar fuerzas, y dirige sus pasos hacia la calle del metro. Él no corre. No hay que cansarse más de lo necesario. Nunca se sabe.

Emilio contempla los últimos rayos del sol que se desmorona entre nubes negras en el oeste, en una pátina de grises y anaranjados en extraña convivencia. El horizonte está presidido por el gran complejo del hospital universitario y, más allá, las torres del parque empresarial. Desde allí, Emilio no ve el motivo de tan precipitado aviso. Entra en el edificio reforzado y asciende por las escaleras. Nada más salir por el acceso de la azotea, dice:

—Dime cosas, Tomás.

Tomás es un tipo espigado entrado en años, pero asistido por una vista y una vitalidad impecables. Es de los que han hecho deporte toda la vida y no sabe lo que es un cigarrillo. Los tatuajes de sus brazos fibrosos cuentan historias antiguas, quién sabe si caducas. La coleta blanca que adorna su cráneo calvo habla de viejo rockero. Su postura agazapada al borde de la azotea hablan de un superviviente. Como Clara. Como Emilio.

Tomás no le mira. Se limita a apuntar con dedo huesudo a la torre del hospital universitario y dice:

—Observa la torre. Sexta planta, tercera ventana por la derecha.

A Emilio no le hace falta sacar los prismáticos del chaleco. Al cabo de varios minutos de paciente observación, un fugaz resplandor tiñe la ventana. Allí hay alguien. Emilio contiene la respiración sin darse cuenta, como si temiese apagar una vez con el aliento. El resplandor se apaga. Emilio corre a agazaparse en el parapeto de la azotea, junto a Tomás. Es un acto reflejo adquirido con la experiencia.

—Diría que es una linterna. Demasiado intenso para ser una vela; demasiado esquivo para ser una luz de techo —aventura Tomás—. Tenemos vecinos... —No parece preocupado, pero tampoco se relaja.

La luz resalta en el edificio muerto como un relámpago en un limpio cielo nocturno. Emilio, Tomás y Clara guardan silencio. No se deciden entre la expectación, la esperanza y el temor. De repente, Emilio piensa que la emisora recuperada es el último de sus problemas. No hace falta para que el mundo de fuera se les venga poco a poco encima, vivo o revivido. Siempre se preguntó cómo reaccionaría ante una señal de vida como ésa. Siempre quiso convencerse de que le inundaría una sensación de esperanza, pero ahora la tiene ahí mismo, al otro lado del río de coches abandonados, cañada de ocasionales manadas de pellejos, motivo de muchos desvelos, y no lo tiene tan claro.


El destello desaparece y regresa aleatoriamente, sin un patrón que lo defina. Entonces, Emilio cree ver una silueta en la ventana.

15 comentarios:

  1. Está bien, entretenido. Aunque hay momentos en los que para haber estado viviendo dios sabe el tiempo en un barrio muerto se han llevado una buena cantidad de diccionarios con ellos XD

    A ver cómo avanza :)

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    1. Mientras te parezca entretenido, me quedo tranquilo :p

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  2. Buenas.

    Pregunta, o sugerencia. ¿Podrías no poner el número de palabras? O, al menos, ¿no ponerlo al principio?

    Es que accedo para leer el texto, y es algo que saca completamente de contexto...

    Por cierto, muy chulo.

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    1. Someteré tu propuesta al consejo de sabios :p

      Muchas gracias ;)

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  3. Buenas, acabo de llegar desde el Opinometro y ya estoy enganchado ;D

    Tengo algunas dudas. ¿Cuanto tiempo ha pasado desde el Apocalipsis? Es que a veces parece que han pasado años y a veces pocos meses. ¿En que parte de Madrid está el barrio? ¿Como es posible que la anciana de la silla de ruedas se infectara en una casa cerrada sin que quedase su agresor encerrado al mismo tiempo?

    Gracias por los relatos, me lo estoy pasando como un enano leyéndolos ;D

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    1. Hola, Haderak, gracias por pasar y comentar :)

      El marco temporal se enmarca en ese espacio intermedio entre los meses y el (los) año(s), cuando aún queda memoria del mundo antes del colapso, así como víveres y material que saquear. No quiero ser muy puntilloso al respecto, porque lo que busco con estos relatos es suscitar sensaciones más que una exactitud por sí misma.

      En cuando a la anciana, pues ahí está la incógnita. Lo bueno del género zombi es que muchas veces no requiere que haya un agresor para infectarse, sino que basta con morir para "contraer" el mal. Mira por ejemplo The Walking Dead o El amanecer de los muertos.

      Con todo, me alegro mucho que te lo estés pasando tan bien, porque ésa es la intención desde el principio. Confío en seguir leyéndote por aquí ^^

      Un abrazo.

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    2. Se me olvidó responderte a lo del barrio. Es un barrio semificticio; o sea, que me he inspirado en un barrio del norte de Madrid, entre los hospitales de La Paz y el Ramón y Cajal, donde viví muchos años. Su disposición semiaislada me inspiró la idea de estos relatos. Siempre es más fácil escribir con medio pie en la realidad :)

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  4. Ahora mismo mi principal duda es de cuanta gente se compone la comunidad de supervivientes... la veintena? quizás algo más al estar tan organizados...

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    1. Yo tengo la misma duda, pero espero ir despejándola en los próximos días :p

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  5. Buenas...

    Ya vemos a unos cuantos mas, y un poco más de la organización. Los vigilantes y seguridad ya se habían dejado caer desde el principio y el economato se nombró en la anterior entrada (creo). Una tercera parte importante es el nuevo "pony spress", los críos mensajeros.

    Después una de las descripciones que me ha chocado y gustado es la de Tomás... mezcla curiosa de look y filosofía de vida.

    Interesante...

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    1. Sí. Una de las razones por las que el barrio ha sobrevivido es la organización. Hay y habrá roces, como es normal, pero de momento la comunidad se ha organizado de forma bastante eficiente. A ver lo que dura :)

      Tomás es un recurso de última hora, pero me ha gustado. Creo que tendrá más papel en el futuro.

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  6. Por fin encuentro un rato para comentar tranquilamente.
    Como esta siendo costumbre me a gustado el capítulo. El barrio no decepciona y psrece que los mienbros de esta comunidad van a molar bastante. Especial mención a esa bibliotecaria post apocalíptica. Me gusta mucho que por una vez la autoridad no derive de ser militar o policía.
    Y también me a gustado el momento " miedo a lo desconocido" con los personajes mirando la radio y preguntándose si usarla o no. Es curioso como frente a una catástrofe, todos sabemos que si la gente es solidaria, si te preocupas por los demás es mucho más fácil sobrevivir y al mismo tiempo sabemos que no todo el mundo es así.
    Es una cosa que me a gustado desde el principio, escapar del estereotipo del héroe solitario y aundar más en la idea de grupo de supervivientes o comunidad mejor dicho. Historiss de tíos y tías solos frente a la plaga ya hay muchad, esto es mucho más interesante.
    Seguiremos atentos a ver que demonios hay al otro lado de la autopista.

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    1. Pues sí, Herbon, lo fácil es tirar de lobos solitarios contra el mundo. Como dije, mi intención es tirar de los clichés e intentar volverlos del revés siempre que sea posible. Me he autoimpuesto gestionar varios personajes con sus peculiaridades como ejercicio de cara a futuros proyectos. En todo esto ayuda el hecho de que la historia transcurra en España, donde es mucho más complicado acceder a armamento militar y la sociedad está mucho menos militarizada que en EEUU. Intento en todo momento ser empático e imaginar lo que sentiría yo mismo en esas circunstancias, y no sé si me gustaría saber qué hay al otro lado de las barricadas ;)

      Muchas gracias por comentar, como siempre.

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  7. Me sigue gustando la historia.
    Me ha dejado muy satisfecho la conversación entre Emilio y Rosa, así como el conocer más detalles de la organización del barrio.
    Estoy deseando leer el siguiente capítulo que ya he visto que has publicado hoy mismo. Espero poder leerlo esta misma tarde

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    1. Buenas Isaías! Me alegro de que te siga gustando la historia, en serio. Mi intención es ir enseñando poco a poco los entresijos del barrio e ir abriéndolo sin prisas al mundo, que tarde o temprano tendrán que explorar más allá de lo inmediato. Espero que te guste el siguiente capítulo también, aunque cambio un poco de tercio. Ya me dirás ;)

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